Una
y mil veces hemos repetido que no es preciso el derramamiento
de sangre para que una revolución se lleve a cabo. La
sangre, a las revoluciones, es como las ilustraciones a los
libros: suelen ir dentro de ellos, aunque no son necesarias
ni mucho menos imprescindibles. Eso sí, le dan mucha
vistosidad...
| sacado de Patria Sindicalista | |
Revolución
sin sangre
Rigoberto Espadas |
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[26.junio.2012]
Con
la que nos cae encima, causa y efecto mismo de la crisis que
vivimos, es muy fácil escuchar en la calle voces que
piden casi a gritos lo que hace tan sólo unos meses atrás
hubiera sido una pesadilla.
Pero no, lo que piden es medidas como la guillotina o el garrote
vil, con una convicción que para sí quisieran
los cargos públicos a la hora de firmar su reserva de
poltrona.
Este acto de violencia, de momento verbal, suele ser confundido
con la revolución. Y esto mismo es lo que suele mantener
en cuarentena a todos los que nos declaramos revolucionarios:
la gente de la calle, que no toda está contagiada de
ese germen que aspira a ver sangre, sigue siendo muy cautelosa.
Una y mil veces hemos repetido que no es preciso el derramamiento
de sangre para que una revolución se lleve a cabo. La
sangre, a las revoluciones, es como las ilustraciones a los
libros: suelen ir dentro de ellos, aunque no son necesarias
ni mucho menos imprescindibles. Eso sí, le dan mucha
vistosidad.
Lo cierto es que las revoluciones despiertan ecos de principios
del siglo XX a la mayoría de los ciudadanos. Pero no
ha de ser así.
Recordemos que Jefferson, al final de su vida,
dijo que cada generación necesita de una revolución
distinta. Revoluciones que a veces se han dado, otras no, y
en ocasiones se nos ha querido contar que sucedieron, engándonos,
recordemos el mítico 68. Y es que después de Jefferson,
Tocqueville poco después dijo que las
revoluciones no demuelen las prisiones del antiguo régimen
sino que las agrandan. Y eso que Tocqueville
no conoció el 68.
Nosotros debemos aspirar a demoler esas prisiones, pero aun
más: a que se juzguen los resultados año a año,
mes a mes, día a día. Ya Ortega,
recordando a Rénan, decía que
si una nación es un plebiscito diario, la monarquía
tenía que justificar su legitimidad cada veinticuatro
horas, no sólo negativamente, cuidando de no faltar al
derecho, sino positivamente, impulsando la vida nacional. Después,
Ortega por su cuenta añade que «por
encima de la corrección jurídica, los pueblos
piden a sus instituciones una imponderable justificación
de su fecundidad histórica y si no se la dan, un día
antes o un día después, las instituciones son
tronchadas».
Y en ese camino andamos. O lo pretendemos.
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