miércoles, 1 de agosto de 2012

Revolución sin sangre

Una y mil veces hemos repetido que no es preciso el derramamiento de sangre para que una revolución se lleve a cabo. La sangre, a las revoluciones, es como las ilustraciones a los libros: suelen ir dentro de ellos, aunque no son necesarias ni mucho menos imprescindibles. Eso sí, le dan mucha vistosidad...




sacado de Patria Sindicalista
Revolución sin sangre
Rigoberto Espadas
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[26.junio.2012] Con la que nos cae encima, causa y efecto mismo de la crisis que vivimos, es muy fácil escuchar en la calle voces que piden casi a gritos lo que hace tan sólo unos meses atrás hubiera sido una pesadilla.
Pero no, lo que piden es medidas como la guillotina o el garrote vil, con una convicción que para sí quisieran los cargos públicos a la hora de firmar su reserva de poltrona.
Este acto de violencia, de momento verbal, suele ser confundido con la revolución. Y esto mismo es lo que suele mantener en cuarentena a todos los que nos declaramos revolucionarios: la gente de la calle, que no toda está contagiada de ese germen que aspira a ver sangre, sigue siendo muy cautelosa.
Una y mil veces hemos repetido que no es preciso el derramamiento de sangre para que una revolución se lleve a cabo. La sangre, a las revoluciones, es como las ilustraciones a los libros: suelen ir dentro de ellos, aunque no son necesarias ni mucho menos imprescindibles. Eso sí, le dan mucha vistosidad.
Lo cierto es que las revoluciones despiertan ecos de principios del siglo XX a la mayoría de los ciudadanos. Pero no ha de ser así.
Recordemos que Jefferson, al final de su vida, dijo que cada generación necesita de una revolución distinta. Revoluciones que a veces se han dado, otras no, y en ocasiones se nos ha querido contar que sucedieron, engándonos, recordemos el mítico 68. Y es que después de Jefferson, Tocqueville poco después dijo que las revoluciones no demuelen las prisiones del antiguo régimen sino que las agrandan. Y eso que Tocqueville no conoció el 68.
Nosotros debemos aspirar a demoler esas prisiones, pero aun más: a que se juzguen los resultados año a año, mes a mes, día a día. Ya Ortega, recordando a Rénan, decía que si una nación es un plebiscito diario, la monarquía tenía que justificar su legitimidad cada veinticuatro horas, no sólo negativamente, cuidando de no faltar al derecho, sino positivamente, impulsando la vida nacional. Después, Ortega por su cuenta añade que «por encima de la corrección jurídica, los pueblos piden a sus instituciones una imponderable justificación de su fecundidad histórica y si no se la dan, un día antes o un día después, las instituciones son tronchadas».
Y en ese camino andamos. O lo pretendemos.

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