miércoles, 5 de noviembre de 2014

LEÓN Y CASTILLA: DOS PUEBLOS DIFERENCIADOS

En 1983 cuando se crea en España el llamado “Estado de las Autonomías”, los políticos castellanos y leoneses decidieron, sin consultar con nadie, que las regiones históricas de León y de Castilla se integraran en una Comunidad Autónoma que denominaron Castilla y León, aun reconociendo en su Estatuto que dicha comunidad estaba formada por dos regiones. Ante este hecho consumado, los leoneses alzaron su voz y pidieron, con la Ley y la Historia en la mano, que León disfrutara de una autonomía propia, en igualdad con todas las regiones españolas. Hasta ahora, no ha habido respuesta institucional alguna en este sentido.


 
 
 
El leonesismo se basa en el hecho de que León fue un reino, fundado en el año 910 por la herencia de Alfonso III el Magno que dividió sus dominios entre sus hijos. Fruela, que era el menor, obtendrá el Reino de Asturias, Ordoño, el segundo, gobernará sobre Galicia y García, el primogénito, se coronará como monarca de un reino de nuevo cuño, León, que comprendía el territorio habitado desde antiguo por los astures del lado de acá de los Picos de Europa. Territorio bastante extenso que abarcaba desde la citada cordillera hasta el río Duero y desde la demarcación de Galicia y el condado portucalense hasta el río Esla. Hasta aquí nadie podrá objetar nada. El Reino de León apareció en la historia y en adelante los astures del sur llevarán el nuevo gentilicio de leoneses. 
 
 
 
Sin embargo, ciertos historiadores afirman rotundamente y sin pudor que el Reino de León se integró en Castilla el año 1230, cuando fue coronado monarca de ambos Fernando III el Santo. Si esto de la “integración” fuera cierto nos dice el historiador Joaquín Cuevas Aller que “sería la primera vez en la historia de la humanidad en que un pueblo renuncia a su propia identidad y se integra en otra identidad, en otro pueblo y, lo más raro, haciéndolo voluntariamente, ya que el reino de León ni fue derrotado ni fue invadido”. Pero la verdad es que el reino de León, mucho más tarde llamado Región Leonesa, permaneció como entidad jurídica diferenciada desde su fundación hasta nuestros días. Como esto es otro hecho incontrovertible y así puede comprobarse en toda la cartografía desde el siglo XVI hasta el XX, podemos sostener también con toda rotundidad que León fué un reino distinto del de Castilla y es ahora una región igualmente diferenciada de la región castellana, al menos desde el punto de vista histórico y jurídico. Esto es cierto, incontestable e irrebatible.
 
 
 
Ahora bien, para aquellos que basan en la etnicidad la única premisa para la diferenciación de los pueblos prescindiendo de su entidad histórica y jurídica, “la cuestión está en si en el proceso de etnogésis (formación de una identidad nacional) cuando hablamos de castellanos y leoneses hablamos de un solo pueblo o estamos hablando de pueblos distintos” La cuestión planteada así es legítima y por ello cabe darle una respuesta fundamentada.
 
 
 
La Etnología es una rama de la Antropología que contempla las características de todo tipo que distinguen a unos grupos humanos de otros: Sus orígenes más arcaicos, su lengua, sus instituciones políticas, jurídicas y religiosas, sus estructuras socio-económicas, su geografía, su psicología y sus símbolos.
 
 

Pues bien, como quiera que los historiadores serios, no mediatizados por los intereses políticos, están todos de acuerdo en que el País Leonés tuvo, al menos durante toda la Edad Media, una lengua propia, unas instituciones sociales, una moneda y una legislación en todo diferentes de las castellanas, podemos también decir que Castilla perteneció durante bastante tiempo al Reino de León, pero este jamás perteneció al Reino de Castilla y que los castellanos no se encontraban a gusto bajo la autoridad real leonesa e intentaron por todos los medios separarse de León. Solo nos queda analizar ahora si en su etnogénesis fue León también distinto a Castilla.
 
 
 
Ya hemos dicho que el País Leonés se edificó sobre cimientos étnicos astures (y en una pequeña parte también galaicos) con una importante aportación hispano-romana de las ciudades. Castilla, por el contrario, tuvo una etnogénesis edificada sobre la población celtíbera (bárdulos, autrigones y berones) con fuertes aportaciones cántabras y vasconas, todos ellos mucho menos romanizados. Tenemos, pues, dos etnogénesis distintas. La formación etnogenética de ambas entidades tuvo, sin embargo, una sola cosa en común: La capa dirigente de ambas es de origen visigodo. Pero aun en esto encontramos una diferencia muy notable. Mientras en León la clase dirigente era la aristocracia visigoda de la corte de Toledo, es decir, una nobleza militar muy romanizada y convencida de ser la restauradora de la antigua monarquía, los visigodos de la primera Castilla (todavía llamada Bardulia) procedían de la clase popular germánica de la Meseta, campesinos libres y pequeños señores rurales que se regían por sus propias costumbres (derecho consuetudinario muy distinto al Fuerzo Juzgo leonés) y con una psicología mucho más concordante con los cántabros y vascos que con sus hermanos raciales de Toledo. De ahí el espíritu rebelde de Castilla frente al poder real de León que tuvo su cumbre en la independencia, si no “de iure” sí “de facto”, del conde Fernán González. Está claro así que en su etnogénesis León y Castilla no son uno, sino dos pueblos diferenciados y que, además, quisieron siempre estar separados. Las luchas entre ambos reinos durante dos siglos, sobretodo en la duodécima centuria, así lo prueban fehacientemente. 
 
 
 
Esta separación siguió siendo patente y manifiesta en los territorios reconquistados en el sur, en los cuales castellanos y leoneses perviven como dos etnias diferenciadas. Así en la Extremadura, donde Plasencia y Trujillo eran castellanas por su lengua y repoblación y jurídicamente estaban integradas en el Reino de Castilla. No así el resto de la región que era leonesa también por lengua y repoblación, siendo la llamada Vía de la Plata la línea aproximada de demarcación de ambos reinos y etnias. Consérvase la memoria de esta línea divisoria en Aldeanueva del Camino por cuyo centro transcurre la citada Vía y que tiene a un lado una calle dedicada a Alfonso IX de León y frente a ella otra calle dedicada a Alfonso VIII de Castilla. El centro en el que se ubican ambas calles es la raya divisoria de los dos reinos. Este hecho no es casual y fue deliberadamente establecido en tiempos modernos para hacer hincapié en el hecho histórico de la separación entre León y Castilla. De la misma forma la reconquista de Andalucía bajo el reinado de Fernando III el Santo no se hizo en nombre del Reino de Castilla únicamente, pues leoneses y castellanos no repoblaron la región de forma indiscriminada. Cuando el citado monarca conquistó Córdoba, creando un nuevo reino bajo su soberanía personal, otorgó a su nueva posesión un escudo heráldico distintivo que hoy sigue siendo el emblema de la provincia: en campo de plata un león rampante de gules, como reconocimiento de la conquista que fue llevada a cabo por milicias concejiles leonesas y repoblada por gentes del Viejo Reino. Por el contrario, el Reino de Jaén, conquistado años después, lo fue por obra de castellanos y por ello el rey le otorgó el título de “Guarda y Defensa de los Reinos de Castilla”. El último reino conquistado en Andalucía fue el de Sevilla, en el cual más de dos tercios de los repobladores fueron igualmente leoneses como puede apreciarse por los apellidos de origen leonés en las cartas de repartimiento de tierras, dejando también su huella en el folklore sevillano y onubense, así por ejemplo en la flauta y tambor que alegra la célebre Romería del Rocío, instrumentos de indiscutible origen leonés. También en los Reales Alcázares sevillanos puede verse, sobre la llamada Puerta del León, la figura heráldica de este animal sosteniendo una cruz y pisando una bandera islámica. Aunque realizado en azulejo en 1892, sustituyó una pintura anterior de la cual se tiene constancia por dibujos de mediados del siglo XIX y no es descabellado pensar que, por su estilo, el fresco original proceda del siglo XIII o XIV y represente al Reino de León del cual era titular por parte paterna el mencionado Fernando III, rey de Sevilla, aunque lo dicho sea solo una mera suposición.
 
 
 
Y volviendo a la región Extremeña, repartida entre León y Castilla, pero siendo la mayor parte de etnia y lengua leonesa la cual en algún lugar todavía se conserva intacta, es relevante la siguiente anécdota:
 
 
 
En pleno siglo XV, reinando en León y Castilla la soberana Isabel I, se producían con frecuencia altercados entre leoneses y castellanos sobre la preeminencia y uso del pendón real de León y del de Castilla, que los hidalgos y concejos de ambos reinos alzaban en ciertas celebraciones. Para poner fin a esas disensiones que amenazaban con llegar a las armas, la reina, muy prudentemente, ordenó que, en adelante, se usara un solo pendón, que no fue el acuartelado precisamente, sino uno partido, teniendo junto al mástil, en campo de plata un león rampante de púrpura y en el batiente, en campo rojo un castillo de oro. Otra prueba más de que la conciencia de ser leoneses o castellanos se mantenía vigente y muy viva doscientos años después de la pretendida unidad de 1230.
 
 
 
¿Por qué, entonces, los leoneses y castellanos desde una visión muy superficial “nos parecen” hoy un solo pueblo? Porque ambos y a la par han sufrido una “etnólisis” (disolución de pueblos) que los ha convertido pura y simplemente en “españoles” y esto y solo esto es lo que los iguala. No es, pues, que hayan desaparecido los castellanos y los leoneses; lo que ha desaparecido es su conciencia étnica, embarullada por historiadores interesados al crearse la falaz Comunidad Autónoma de Castilla y León, pero ya favorecida por el centralismo de la dinastía borbónica, las jacobinas Cortes de Cádiz y el absolutismo de Fernando VII. El remate de toda esta confusión fue la práctica extinción política de los viejos reinos hispánicos, aunque nunca fueron oficialmente derogados, a favor de una absurda división provincial antinatural y antitradicional en 1833 que, tras tímidos intentos federalistas de la Primera República y el reconocimiento explícito de las regiones que llevó a cabo la Segunda, fue retomada y afianzada por el régimen de Franco con su obsesiva manía de la “España Una” laminando la natural e histórica pluralidad hispánica. 

 
 
Por otra parte, el “ninguneo” del Reino de León ya se aprecia, según escribe el citado erudito Joaquín Cueva Aller, en “varios historiadores de gran fama que son considerados dogmáticos y que tuvieron numerosos seguidores. Entre ellos están tres que escribieron sendas historias de España, el navarro Rodrigo Jiménez de Rada (siglo XIII), el cordobés Ambrosio de Morales (siglo XVI) y el palentino Modesto Lafuente (siglo XIX). Los tres y sus seguidores se olvidaron por completo del Reino de León, como si nunca hubiera existido”.
 
 
 
A pesar de todo podemos afirmar que esta pérdida de identidad no es definitiva puesto que los “castellanistas” y los “leonesistas” no existirían de ser cierta esa idea de fusión de pueblos. Unos y otros, lo que quieren es que se reconozca su identidad que solo está soterrada. Basta con raspar un poco para que reaparezca esa conciencia, mantenida en su sustrato étnico, apoyada en una historia multisecular y defendida con voluntad férrea por quienes aman a sus respectivas patrias. Y ya sabemos que donde hay una voluntad hay un camino. 

 
 
Por otra parte, la única etnólisis efectiva solo se produce cuando dos pueblos se mezclan indistintamente dando como resultado una nueva comunidad o cuando uno de ellos es sometido por otro aniquilando o expulsando a la antigua población conquistada. Ninguno de estos casos se ha producido ni en León ni en Castilla puesto que nunca ha tenido lugar un inmigración masiva de castellanos hacia el País Leonés, ni viceversa, como tampoco ninguno de los dos reinos ha invadido y aniquilado la población del otro.
 
 
 
Ahora bien, desde ciertos sectores del castellanismo político se trata de recuperar la identidad castellana asimilando, sin más, al País Leonés y esto no es de recibo, pues si el Reino de León nunca fue “una parte de Castilla” desde ningún punto de vista, tampoco hoy asiste a los castellanos derecho alguno para hacerlo desaparecer del mapa en una fagocitación imperialista trasnochada, sin contar con la opinión de los leoneses, y nada menos que con el nombre de “Gran Castilla” como inexplicablemente ha sostenido el poeta berciano Luis López Álvarez. 
 
 
 
Concluimos, pues, que desde el Derecho Político, la Historia y la Etnología y también desde la legitimidad de la Constitución de 1978, León y Castilla son dos regiones o países diferenciados, dos identidades étnicas en igualdad de condiciones, por lo cual en una futura y posible nueva República Federal Ibérica o una Monarquía Foral de las Españas (si tal cosa fuera refrendada por todos los españoles), León y Castilla serían dos de las entidades político-administrativas que la constituyan. 
 

 
Ahora bien, cabe la posibilidad política de que los pueblos de la Meseta (León, Castilla, Extremadura y Castilla la Nueva) decidan firmar algún tipo de alianza con objeto de compensar su débil situación económica y demografía en comparación con otras comunidades. Constituirían así un “Ámbito Geográfico”, una “Euro-Región” de gran potencia, pero siempre manteniendo escrupulosamente las identidades que lo componen, formando de esta manera, como tal Ámbito, una de las repúblicas de la nueva federación hispánica, tal como podría ser por ejemplo Euskal Herría o los Països de l’Arc Mediterrani (Cataluña, Valencia y Baleares). Pero si esto se llevara a cabo no sería admisible hacerlo bajo el nombre de “Gran Castilla” sino en todo caso como “Repúblicas Unidas de Castilla y León” o “Países Unidos de la Meseta Ibérica”. 
 
 
 
Esta es nuestra definitiva y última aportación al debate. Expuestos los argumentos de ambas partes hasta la saciedad, queda ahora en manos de unos y otros el decidir la opción que más les convenza. La nuestra es que, bien dentro de la citada “Euro-Región” o bien como ente federado individualmente, el País Leonés debe conservar su nombre y título histórico, su delimitación territorial tradicional, su administración interna, su lengua hoy en ascenso y sus propios símbolos heráldicos y vexilográficos.
 
 
 
 
 
 
 

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